UN ROLLO
Galería Selvanegra, Buenos Aires, Argentina
03/13/26 - 05/07/26
Curaduría Leandro Martínez Depietri


DOBLE CARDIGAN
2026
Felted sweaters found in second-hand markets, Guatambú plywood, ceramic, buttons, and elastic bands. Bronze casting of an elastic bandage, a shoebox, a cellphone, and a cable.
20.9 x 13.8 x 17.1 in / 53 x 35 x 43,5 cm
PIE CON TACO
2026
Bronze casting of a foot, an alpargata, a heel, and an algarrobo tree branch. Door wedge. Guatambú plywood.
14.2 x 14.2 x 18.1 in. / 36 x 36 x 46 cm
100% LAMBSWOOL
2026
Felted sweater found in a second-hand market, Guatambú plywood, ceramic, pins, and surgical needles. Bronze casting of a work glove and algarrobo tree thorns.
24.0 x 13.0 x 16.9 in / 61 x 33 x 43 cm
SWEATER D28234 TUE GARAWITZ 10–16
2026
Felted sweater found in a second-hand market, Guatambú plywood, ceramic, buttons, elastic, thread, surgical needles, dry-cleaning tag. Bronze casting of a shoebox, a letter, an algarrobo tree branch, a pen, and a newspaper.
30.3 x 25.2 x 22.0 in. / 77 x 64 x 56 cm
CARDIGAN VEINTITRES AGUJAS
2026
Felted sweaters found in second-hand markets, Guatambú plywood, pins, ceramics, elastic bands, zip ties, surgical needles, sewing thread, and vinyl flooring. Bronze casting of surgical gauze.
86.6 x 68.9 x 54.3 in / 220 x 175 x 138 cm
SWEATER ALL PURE WOOL
2026
Felted sweaters found in second-hand markets, Guatambú plywood, algarrobo tree thorns, ceramic, latex, zip ties, foam rubber, Velcro, and elastic bands.
30.7 x 12.2 x 18.9 in / 78 x 31 x 48 cm
TIJERA Y TRES DEDOS
2026
Bronze casting of a pair of scissors and fingers. Wool felt and Guatambú plywood.
11.0 x 14.2 x 7.9 in / 28 x 36 x 20 cm
TODO LO QUE ABRE PASO
2026
Bronze casting of a footprint in mud and algarrobo tree thorns. Cable and rubber doorstop.
11.4 x 3.0 x 5.1 in / 29 x 7.5 x 13 cm
CINCO DEDOS
2026
Felted sweater found in second-hand markets, Guatambú plywood, aluminum weight, S-hook, wool felt, ceramic, and pins. Bronze casting of a ruler with fingers.
17.3 x 31.9 x 4.7 in / 44 x 81 x 12 cm
Las manos de Elisa están entrenadas. Viene trabajando en el textil desde hace años, haciendo y deshaciendo, jugando con y contra sus lógicas. Podríamos pensar su práctica como un tanteo en la oscuridad digital del presente. Le interesa el contacto en sus dos direcciones: cómo una materia da forma a otra, sin distinción entre sujeto y objeto. Percibe cómo el cuerpo deja su forma en el sweater y cómo el sweater da forma a un cuerpo.
Ese tanteo no ocurre en el vacío. Hoy el tacto se ha convertido en una nueva frontera. Con la vista y el oído saturados por el bombardeo cotidiano de estímulos, los gigantes tecnológicos investigan estrategias táctiles para cumplir su principal cometido: vender más y mejor. Todas las pantallas reciben el nombre de táctiles, pero el contacto que ofrecen es puramente superficial. Nos ponen en relación con el mundo únicamente a través de sus representaciones luminosas y siempre mediante una textura única —vidriosa, suave, plana y fría— tan lejana de los papeles porosos de las enciclopedias, libros y cartas, o de los papeles brillantes y ligeramente pegajosos de las fotografías y las postales. Esa práctica cotidiana reduce la noción de lo táctil al tiempo que empobrece el conocimiento de nuestros dedos, que ganan destreza para teclados y pantallas mientras olvidan las sutilezas de la materia.
Lo cierto es que las manos piensan. Toda la piel piensa, pero las manos lo hacen con mayor precisión. La robótica descubrió pronto que eran la parte más difícil de imitar y también una de las más importantes. Las manos distinguen temperatura, humedad, textura, masa, peso y volumen y toman decisiones rápidas. Ese saber no es abstracto: se forma en el contacto. Las manos aprenden tocando. Esas decisiones se expresan en movimientos mínimos y constantes: el ángulo cambia, los dedos se reordenan, la presión se modula. Así se aprende la diferencia entre agarrar un vaso de plástico o una copa de cristal, una botella transpirada, un papel de lija o un tornillo, una caja de libros o un ramo de flores, un helado chorreante o un caramelo derretido. La piel, entera, está atravesada por fibras sensibles que responden incluso a las caricias, capaces de detectar movimientos gentiles, lentos y concentrados. No sólo estamos hechos para manipular el mundo, sino también para sentirlo.
Así, tanteando, Elisa se encuentra con el problema de la intimidad en el presente; detecta su ausencia palpable. ¿Existe el resguardo cuando exhibimos todo? Entiende que cuando el archivo de una vida se vuelve nada más que datos digitales (.jpg, .pdf, .mov), la memoria se vuelve acumulación en vez de sedimento. Aparece entonces el cajón como reducto donde todavía se amalgaman las cosas materiales —las que queremos proteger y las que queremos ocultar— y empieza a explorar sus texturas y enredos. A la distancia, todo parece calmo y disponible en su instalación. La galería podría ser una tienda perdida en el centro de Buenos Aires y, sin embargo, al acercarse todo cobra una vida diferente.
En este contexto, no sorprende que el arte contemporáneo haya virado hacia la dimensión táctil como estrategia de resistencia o contraofensiva; el textil y la cerámica reinan hoy en museos, ferias y galerías. Pero en la producción de Elisa tiene un grado menos de separación. No se comporta como manifiesto o como expresión de una cultura local. Es, al mismo tiempo, más íntimo y más universal. La proximidad es térmica. Allí donde las pantallas prometen contacto pero sólo entregan superficie, las manos de Elisa recuperan una forma de visión táctil del mundo. En ese gesto, el tacto recobra algo de su potencia cognitiva: la apertura a un pensamiento que se deja moldear por la materia.
Leandro Martínez Depietri













